La
influencia atlántica se deja ver en las tierras de Ledesma y
Vitigudino, donde las encinas se cambian por robledas, apareciendo también
frutales, viñedos, castaños o nogales. Esta llanura deja de serlo
a medida que se acera al gran tajo de Las Arribes.
Sólo
las leves depresiones de los ríos y algún risco alteran el paisaje.
Los campos sólo son aptos para la ganadería extensiva, donde
el arbolado, el matorral y las grandes rocas de granito rompen la monotonía.
Es
un paisaje cambiante: frío, desnudo, desolador en invierno; pletórico de
vida en primavera y verano; evocador y silencioso en otoño.
El brusco descenso
del nivel de los ríos, el encajonamiento entre cuñas y bloques de granito, ofrecen
un aspecto inquietante con aguas bravas que a veces culminan en bellísimas
cascadas.
Las
Arribes sirven de refugio para muchas aves en peligro de extinción como son
el águila real, la cigüeña negra, el buitre leonado o
el alimoche.